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El Río Subterráneo Perdido

Andrés Palladino Sisto

Todo comenzó con una leyenda local en San Cristóbal de las Casas. Los ancianos tzotziles hablaban de un río que 'cantaba bajo la montaña', que desaparecía en un lugar y aparecía en otro, varios kilómetros más abajo. Como espeleólogo, estas historias siempre capturan mi atención.

La primera pista real llegó cuando encontré una surgencia inexplicable en el valle de Teopisca. El caudal era considerable - unos 2 metros cúbicos por segundo - pero no había ninguna cuenca hidrográfica visible que pudiera alimentarla. El agua emergía directamente de la roca caliza.

Trasé el problema hacia atrás. Si había una surgencia tan grande, tenía que haber una sumidero igualmente significativo en algún lugar aguas arriba. Pasé semanas caminando por las montañas circundantes hasta que encontré lo que buscaba: una dolina masiva donde un arroyo entero desaparecía en las profundidades.

El descenso inicial fue impresionante. A 60 metros de profundidad, el arroyo formaba una cascada subterránea de 25 metros que caía en una piscina natural. Pero lo que encontré más abajo cambió todo: un río subterráneo navegable.

Con un kayak inflable y equipo de espeleología acuática, comencé a explorar el sistema. El río fluía por una galería de 8 metros de ancho y techos de hasta 15 metros. Las paredes estaban cubiertas de formaciones excepcionales: cortinas de calcita, gours en cascada y estalactitas que rozaban la superficie del agua.

Lo más extraordinario era la vida que había evolucionado en este mundo sin luz. Encontré peces ciegos perfectamente adaptados, crustáceos translúcidos y formaciones bacterianas que creaban bioluminiscencia natural. Era como navegar por una galaxia submarina.

El río continuaba por más de 2 kilómetros antes de dividirse en múltiples canales. Algunos llevaban a sifones impasables, otros a salas catedrales donde el agua formaba lagos perfectos. En una de estas salas descubrí pinturas rupestres: evidencia de que los pueblos ancestrales conocían y usaban estos espacios.

El mapeo completo del sistema tomó tres años y reveló más de 8 kilómetros de pasajes navegables. Trabajamos con biólogos de la UNAM para documentar las especies endémicas y con arqueólogos para estudiar los vestigios culturales.

Pero el descubrimiento más importante fue hidrológico. Este río subterráneo conecta tres cuencas aparentemente separadas, funcionando como un acueducto natural que regula el flujo de agua en toda la región durante las sequías.

Hoy, parte del sistema es protegido como reserva natural. Las comunidades locales desarrollaron un turismo espeleológico sostenible que les genera ingresos mientras protege este tesoro subterráneo.

Este descubrimiento me enseñó que cada cueva es un biblioteca de información sobre la historia geológica, biológica y cultural de una región. No somos solo exploradores, sino custodios de estos archivos naturales que deben ser protegidos para las generaciones futuras.

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